viernes, 9 de octubre de 2009

JUGANDO A LA GUERRA

 
Cuando era niño, me encantaban las películas de guerra, ¡todo era tan heroico!... las batallas épicas, los militares, caballeros. Siempre ganaban los buenos, y la muerte era limpia y hasta deseable.
Los soldados eran ejemplos de nobleza, abnegados y obedientes hasta el fin. Las madres y las novias los despedían con orgullo entre bandas de música y los recibían victoriosos y cargados de medallas.
Cuando me hice mayor, deslumbrado por las propaganda, me apunté a las COES, "los guerrilleros" que les llamábamos entonces, allí pasé algunos de los meses más intensos de mi vida. Maniobras con fuego real, incursiones por las alcantarillas de Madrid con la mierda hasta a nariz, temperaturas de 15 bajo cero entre los hielos de Jaca con uniforme de entretiempo y temperaturas de 50 grados sin una sombra donde cobijarte entre las dunas de El Sahara.
Me enseñaron a matar en silencio, como seccionar la tráquea a un centinela para que no gritara, como partir el cuello por la espalda a un hombre sin darle tiempo ni a gemir, a desactivar granadas de salva, pero que podían arrancarte los dedos o dejarte ciego si no lo hacías en el tiempo debido.
Ví a chavales como yo, cagarse de miedo en la puerta del avión al lanzarse en paracaídas, y vi a un amigo morir en el salto porque el cabrón del sargento lo arrojó de una patada al ver que se quedaba paralizado de terror, no llevaba bien enganchado el mosquetón y el pánico le impidió abrir el paracaídas de mano.
Todo quedó en un desafortunado accidente, se echó tierra sobre el cadáver y sobre el asunto, no sin antes amenazarnos con un consejo de guerra si alguno se iba de la lengua, desde entonces todo lo castrense me produce arcadas.
Por suerte, hace años que desapareció el servicio militar obligatorio, pero a cambio se creó la figura del soldado profesional. Cuando veo a esos chicos alistarse como aquel que concurre a unas oposiciones me desespero.
De vez en cuando un grupo de estos jóvenes son enviados en misiones “humanitarias” al otro lado del mundo, y allí han de matar si no quieren morir, o han de morir si la patria así lo requiere.
No son soldados de remplazo, son profesionales de las armas adiestrados y mentalizados para matar y pueden morir como un albañil en la obra o un minero en las galerías, son los riesgos que asumimos al desempeñar un trabajo.
Una muerte siempre es una tragedia, pero todas las muertes son iguales, la del soldado en la batalla, la del bombero en el incendio, o la del chofer en la carretera.

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